Condicionantes de las relaciones internacionales argentinas del mundo bipolar. Nuestros años '60.

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Introducción

El período del llamado mundo bipolar y, dentro de él, el escenario internacional de la década de 1960, siguen siendo objeto de numerosos estudios. Sin embargo, en su mayoría, las obras que lo tratan abordan aspectos particulares: la política exterior de Estados Unidos, los cambios entonces en curso en la Unión Soviética, las alternativas de la confrontación bipolar, las “zonas calientes” que aquella confrontación generó en el mundo, el proceso de integración de Europa occidental, el nuevo papel del “tercer mundo”.
Son pocos, en cambio, los que apuntan a delinear una caracterización global del escenario internacional de aquellos años. Escasean los estudios que se proponen abordar el conjunto de esos rasgos en su interrelación y que, al estudiar la evolución interna de los distintos países y regiones en esos años (entre ellos la Argentina y América latina) apuntan a develar el entramado de esa evolución con el curso de la situación mundial. Quizá es Paradiso[1] quien elabora una de las miradas más abarcativas sobre el conjunto, centrando en un rasgo que signó profundamente el período —la pugna hegemónica entre las dos superpotencias: los Estados Unidos y la Unión Soviética—, y analizando a partir del agitado y peligroso clima de confrontación que imperó desde fines de los ’50 las relaciones entre esos dos protagonistas prioritarios y los demás países capitalistas desarrollados (principalmente los europeos) y, luego, la incidencia recíproca entre la pugna bipolar y la lucha de los países del llamado “tercer mundo” por la ampliación de sus márgenes de autonomía y por el logro de un nuevo orden económico internacional. Muchos de esos países ingresaban en esos años a una etapa de independencia política tras la gigantesca oleada descolonizadora de posguerra, aunque con marcadas diferencias —en lo referente a su independencia económica y su soberanía política— entre los que habían protagonizado rupturas revolucionarias con su anterior status colonial o semicolonial y aquellos otros que accedieron a independencias negociadas conservando situaciones de dependencia económica y política —conocidas entonces genéricamente como “neocolonialismo”—, casi siempre respecto de sus antiguas metrópolis.
En síntesis, era un mundo marcado por la rivalidad creciente entre las superpotencias y su carrera armamentista; por el ascenso de los movimientos nacionales y sociales de los países de Asia, África y América latina contra el colonialismo y el imperialismo y a favor del establecimiento de un nuevo orden económico mundial sin dominación ni explotación; y por la posición muchas veces dual de las potencias europeas y el Japón, paí­ses capitalistas desa­rro­lla­dos que aspiraban a resguardar su integridad y autonomía bajo la presión de la puja estratégica de las superpotencias y a la vez sometían a distintas formas de dominio a países del Tercer Mundo.
En cuanto a la confrontación entre las dos superpotencias, el apogeo de la hegemonía norteamericana en el mundo capitalista y particularmente en América latina —vigente desde el fin de la 2ª Guerra Mundial en reemplazo de la anterior posición mundial de los viejos imperios coloniales europeos— fue ingresando hacia fines de la década en un período de progresivo cambio de la relación de fuerzas en desfavor de los Estados Unidos, a lo que contribuyeron factores político-estratégicos (especialmente la prolongación de la guerra de Vietnam y la imposibilidad de lograr la victoria, y en América latina la consolidación de la Revolución Cubana), y la erosión de su posición económica vinculada, entre otras cosas, a la carrera armamentista propia de la Guerra Fría y a la creciente competencia económica que las potencias europeas y el Japón estuvieron en condiciones de oponer a los EEUU una vez completada su recuperación de posguerra y ya iniciado el proceso de integración de la “Europa de los Seis” que culminó en la conformación de la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1957. A esto se sumó la intensificación de las luchas de diversos sectores sociales populares en los propios Estados Unidos, incluyendo la gran movilización juvenil y estudiantil contra la intervención militar norteamericana en Vietnam, las demandas del pueblo negro contra la discriminación racial y de la población hispana por los derechos sociales, y la amplia y heterogénea contestación ideológico-cultural del movimiento hippie.
Todos estos factores llevaron a Estados Unidos al fenomenal desequilibrio de su balanza de pagos que desembocó en la “crisis del dólar” de 1971[2]; ello, sumado a la paridad nuclear con los EEUU que la URSS logró a principios de esa misma década, abrió paso a una profunda crisis de hegemonía y al inicio de un período relativamente prolongado de defensiva estratégica de Washington, correlativo a la ofensiva estratégica que por entonces comenzaba a desplegar Moscú en prácticamente todos los continentes.
Es cierto que, como detallaremos más abajo, las propias exigencias de la reconstrucción de posguerra y las políticas estatales activas del llamado “estado de bienestar” estimularon la inversión y el consumo y constituyeron la base de un período relativamente prolongado de crecimiento de la producción. Sin embargo, los hechos y procesos mencionados condicionan y obligan a contextualizar la difundida interpretación que ve en la década de 1960 la materialización de una larga coyuntura de auge económico en los países desarrollados, unos “años dorados” del capitalismo mundial. Una visión más matizada y completa del sistema internacional de aquél período requiere integrar a la evolución económica los factores políticos y estratégicos que la condicionan y enmarcan —y de la que reciben, a su vez, influencias y determinaciones—, y cuya consideración en conjunto se torna ineludible en el contexto mundial de la “guerra fría”.
El esbozo de un panorama global de las relaciones internacionales en la década de 1960 puede contribuir a la discusión de los rasgos fundamentales de ese período significativo del “mundo bipolar”, que constituyó un factor fuertemente condicionante del proceso histórico mundial de aquél período y lo es también, por consiguiente, de los análisis contemporáneos y posteriores de procesos particulares, regionales o locales de los años de la “guerra fría”.


[1] Paradiso J.: La era de las superpotencias. Buenos Aires, 1983.
[2] Gilpin R.: La economía política de las relaciones internacionales. G.E.L., 1990, pp. 162-3.